Laura Figueroa Lizárraga
Coordinadora de la Red Nacional Altexto
La Revolución Industrial trajo consigo no solo la modernidad, sino también la necesidad de demostrar quiénes somos, en más de un sentido. Atrás quedaron los días en que bastaba con decir que se tenían conocimientos en un área para que los demás lo creyeran, o acudir a hacer un trámite y dar el nombre sin que fuera necesario presentar múltiples documentos para avalar ser quien se dice ser. La palabra de un individuo dejó de ser suficiente y las acreditaciones de todo tipo empezaron a ser necesarias. Acta de nacimiento, INE y título profesional son papeles básicos sin los cuales muchísimos trámites no pueden realizarse. Pero, esta forma de comprobar la identidad o los conocimientos no aplica solo a los individuos, también es una constante en las instituciones, lo que nos lleva a la Red Nacional Altexto, las 55 instituciones de educación superior que actualmente la conformamos y la Declaración de Prestigio Académico (DPA).
Si se revisa la información que aparece en la página de Altexto (altexto.mx), se especifica que “el proyecto Declaración de Prestigio Académico nace con el objetivo de facilitar a las editoriales académicas documentar, visualizar y compartir los datos de sus libros relativos a la calidad y visibilidad de estos. Así, conocer y mostrar el grado de cumplimiento de requisitos tanto autoimpuestos o solicitados por terceros, la insignia en la ficha del libro en el catálogo expone la autodeclaración de la editorial sobre la información relativa a indicadores relacionados con la revisión por pares, calidad e indexación.”
La palabra que no debemos perder de vista es la autodeclaración, porque es clave. Volviendo al inicio y a la necesidad de demostrar quién eres y lo que haces, la autodeclaración es una certificación de los procesos editoriales de nuestras instituciones. No es suficiente decir que siempre los hemos hecho y con calidad, necesitamos comprobarlo en un mundo donde la palabra de un individuo o institución no basta. Por supuesto, puede llegar a ser irritante y engorroso porque uno como editor sabe que realiza la dictaminación doble ciego de forma externa, que todos los manuscritos pasan por programas de detección de similitud, que un editor o editora y correctores de estilo vigilan que el contenido se vaya sin errores, en fin, se realizan todas las buenas prácticas editoriales para tener un libro bien hecho, atractivo gráficamente y con un contenido sólido. Sí, puede ser engorroso. Es tan irritante como ir al banco y que no te tomen como válido el pasaporte como documento de identidad porque se venció hace unos días –como si en ese lapso transcurrido hubieras dejado de ser tú para convertirte en alguien más (historia real)–, pero invertir tiempo en declarar que ‘todos mis procesos editoriales están en regla, tengo buenas prácticas y cuido la calidad de lo que la editorial produce’ no es una pérdida de tiempo, es una certificación necesaria. Es revisar que todo está en orden, que podemos ser sujetos a una auditoría académica o institucional en cualquier momento y que todo estará en regla. No solo trae paz mental, trae estabilidad, trae compromiso y el deseo de seguir un camino que otros están transitando con la firme convicción de que solo si se hacen la cosas en el famoso tiempo y forma, podemos contribuir a ser agentes de cambio.
¿Por qué agentes de cambio? Porque a través de nuestros libros reafirmamos nuestro compromiso social y manifestamos que, a través de la inclusión, la igualdad y la educación podemos mejorar nuestras comunidades y tener mejores herramientas para defendernos del “yo tengo otros datos”, de esa alarmante tendencia de acomodar la información a como mejor convenga para tener una narrativa adecuada a intereses no siempre claros y casi siempre dudosos en beneficio de unos cuantos.
En un momento donde “el buen ejemplo” parece una frase gastada y de otra generación, es ahora más que nunca cuando hay que mostrar con el ejemplo. Hay que mostrar cómo nos hemos ganado ese prestigio académico día a día con nuestras prácticas, con las conductas éticas apropiadas y atentos al privilegio que tenemos de ayudar a que la ciencia cumpla con su labor de fomentar la reflexión y la construcción de sociedades pensantes.
