Javier Balibrea
Director General de Ediciones Universidad de Navarra
Los estudios fijan en más de 5 millones el número de artículos científicos publicados en revistas académicas, solo en el año 2022. La tendencia es creciente y no parece que vaya a cambiar, sino todo lo contrario. A estos números, debemos sumar los miles de libros que se publican también cada año. No hay ninguna duda de que podemos asegurar que la producción científica y académica es muy vasta.
Pero, ¿podemos asegurar que toda esta producción es igual de buena? Desde fuera de la propia academia (y, muchas veces, también desde dentro), se puede llegar a pensar que no todo vale por igual.
En un mundo en el que parece que todo es relativo, que la verdad la sostiene el punto de vista del emisor o del receptor, pero donde cada uno tiene la suya; un mundo en el que la competencia se vuelve feroz y la necesidad de progresar en la carrera académica es un objetivo en sí mismo. En este mundo, se hace muy necesario contar con mecanismos objetivos que velen por el correcto funcionamiento del sistema de publicación.
Pero, ¿y qué es el prestigio científico? Podríamos acordar que ese prestigio se resume en dos áreas: 1) el texto en sí, que sea de calidad, que aporte al campo de estudio al que pertenece; 2) que los procesos que llevan a que el texto esté publicado sean rigurosos, acordes con la ciencia y con las buenas prácticas de evaluación científica.
Las publicaciones científicas sirven como herramientas para cumplir con varios objetivos. En primer lugar, la transferencia de resultados de investigación. Los investigadores y docentes utilizan las publicaciones para compartir con la academia y el público general sus hallazgos.
En segundo lugar, las publicaciones son utilizadas para medir y progresar en la carrera académica de profesores e investigadores. Son instrumentos que determinan, para bien o para mal, su desarrollo académico (y económico), impactando directamente en la carrera académica.
En tercer lugar, las publicaciones, a través de sus contenidos o de sus autores, sirven como imagen de prestigio para las editoriales en las que son publicadas. Bien es cierto, que el prestigio editorial también surte el efecto contrario, dotando de prestigio a la publicación que sale a la calle con su sello.
Y es en el ámbito de este tercer objetivo donde nos podemos hacer la pregunta de cómo saber si una publicación tiene calidad suficiente. Si es prestigiosa o si aporta al sistema investigador. Porque es verdad que, con la existencia de revistas depredadoras, sistemas de pago por publicación sin revisión de textos y otras prácticas que podemos catalogar como de dudosa ética, nos pueden entrar ciertas reticencias sobre la calidad de una publicación.
Para velar por el prestigio de las publicaciones solo puede haber un camino: las editoriales. Son ellas las que pueden regir los procesos editoriales y asegurar, así, que las publicaciones han pasado adecuados controles de revisión, evaluación, trabajo de edición, etc. En definitiva, las editoriales son las que deben trabajar las investigaciones para ese último formato de monografía o artículo, gestionando todos los procesos intermedios, impulsando a los autores a mejorar sus textos, coordinando los procesos de evaluación por pares, trabajando, en resumen, para conseguir la calidad adecuada de sus trabajos y procesos.
Y son las editoriales las que deben someterse a los análisis de las agencias de investigación para determinar que son editoriales de prestigio.
Un ejemplo de ello es el sello de calidad CEA-APQ de la UNE, en España. Avalado por ANECA y FECYT, principales agencias de evaluación de la investigación en ese país, sirve como reflejo de que las colecciones o las monografías que lo han obtenido cumplen con una serie de criterios sobre los procesos de publicación de las editoriales en las que están inscritas.
Políticas editoriales, instrucciones claras a los autores, composición de los comités editoriales y científicos, procesos claros y rigurosos de evaluación por pares, políticas de acceso abierto o de versiones digitales son las cuestiones que el sello analiza y garantiza cuando se concede. Y siempre con la cualidad añadida de que sean documentos, procesos, políticas públicas y transparentes.
Un sello de este tipo es una señal para el público y para las agencias de evaluación de que la monografía que lo tiene es buena, tiene la calidad suficiente y goza de un proceso de publicación prestigioso.
En definitiva, el mundo académico debe buscar el acceso a indicios (bien sea a través de sellos u otros indicadores legítimos), que doten a sus publicaciones de garantías de prestigio y calidad en los contenidos y en los procesos de publicación.
