Diego Zamora Cascante*
Universidad Nacional de Costa Rica
En la historia del siglo XX, en América Latina hemos contado con ejemplos de democratización del conocimiento a través de los libros. Frases como Más libros para más, Libros para todos, Leer para disfrutar o Un libro, un kilo de pan, entre un sinfín de frases, consignas y campañas de lectura imposibles de mencionar, acercaron a muchas personas lectoras sin recursos económicos a la lectura. Editoriales cuya política era llegar a todos y todas y que el libro no fuera un objeto de élite sino, un dispositivo cultural al alcance.
Hoy, en un contexto lejano y con herramientas muy distintas a los procesos editoriales tradicionales, nos encontramos en un momento en el cual la información transita más rápido que cualquier avance de investigación. Los retos que se presentan son muy diferentes pues no se centran en el costo de las publicaciones sino en como hacemos las publicaciones y como las distribuimos. Paradójicamente, en un mundo hiperconectado tenemos un problema: todos tenemos acceso a la información, pero desde la diversidad de perspectivas ante un conocimiento no todos colaboramos en la creación de este, es más; muchos hasta dudan de la veracidad de la información.
Dentro del contexto de la ciencia abierta, tanto las universidades como las instituciones que velan por la apertura de los procesos deberían asumir una consigna general: el conocimiento es de todos y todos somos parte de su construcción. De manera colaborativa, la producción editorial de las universidades públicas debe ser guiada por procesos colectivos, abiertos y accesibles. Quizás esto se interprete como una manera sencilla de llevar un proceso editorial, que tal como lo conocemos, implica muchísimos actores que intervienen desde que la persona autora envía su propuesta hasta el momento de tener la publicación finalizada dispuesta a sus lectores. Esto va más allá, conlleva generar cambios desde la raíz.
El avance tecnológico que el sistema editorial ha presentado en la primera cuarta parte del siglo XXI en relación con lo que entendíamos como libros electrónicos o digitales nos lleva a comprender los libros, la información y su portabilidad desde múltiples perspectivas, inclusive, hasta los mecanismos de legitimación han cambiado debido al reconocimiento de los saberes otros. Se le ha brindado una principal importancia para su circulación a los metadatos que se crean para dotarlos de visibilidad ante las plataformas que los resguardan.
Es importante aclarar que ciencia abierta no es lo mismo que acceso abierto. Mientras el acceso abierto se refiere a la disponibilidad gratuita de publicaciones científicas, la ciencia abierta implica algo más profundo, pues propone una visión que puede enmarcarse como parte de una ecología de saberes donde la apertura de conocimientos va más allá de los procesos académicos y sus formas de investigación, en el que todas las personas con conocimiento sobre la temática pueden aportar a la construcción de un saber común.
Una de las principales dificultades de este cambio hacia la ciencia abierta y en relación con la edición académica es el choque entre los criterios tradicionales de evaluación académica y los valores que propone su apertura. Esta tensión revela cómo, en ocasiones, los compromisos sociales de las instituciones públicas pueden volverse tecnócratas, lo que las aleja de su responsabilidad con la sociedad. La edición científica en dicho contexto muestra una estructura y un ecosistema desigual ya que el financiamiento para su mejora y para la profesionalización de las personas involucradas crean un camino complejo, pero no imposible, porque uno de los aspectos importantes de este modelo se basa en el compromiso, lo que hace que se mantenga abierto y situado en la realidad.
En el ámbito editorial costarricense, se debe reforzar y reformular el sistema actual. Su infraestructura, pero sobre todo su capacitación y profesionalización en torno a los procesos de apertura y evaluación pueden ser significantes hacia este nuevo modelo de investigación. Costa Rica presenta un creciente interés en avanzar hacia la ciencia abierta, que se refleja en los esfuerzos de la Comisión de Editoriales Universitarias Públicas Costarricenses (EDUPUC), que agrupa a las cinco editoriales universitarias, cada una con su propio enfoque y línea editorial, por lo que es necesario fomentar un trabajo conjunto. Esta colaboración no solo debe permitir e incentivar la producción de obras colectivas, sino también la sistematización de las experiencias y metodologías utilizadas para poder generar un camino y beneficiar la visibilización e impacto de las publicaciones.
La dimensión editorial no ha sido debidamente considerada en las propuestas de políticas nacionales de acceso abierto, dado a que han estado enfocadas en la mejora de la infraestructura de las revistas, así como los procesos y enfoques utilizados se centran en fortalecer este mismo el sistema, lo que plantea interrogantes en torno a la priorización de la ciencia abierta: ¿se está priorizando exclusivamente la publicación en revistas científicas? ¿Dónde quedan los libros como forma de divulgación del conocimiento? ¿Qué está pasando con estos procesos?

Según el gráfico anterior, podemos visualizar que los depósitos de libros en el Repositorio Nacional Kimuk es el 1,08 % del total de documentos, mientras que los artículos depositados pertenecientes a publicaciones periódicas sobrepasan el 50 %. Estos porcentajes son una evidencia del trabajo que se debe proyectar en relación con el ámbito editorial. Hay que capacitar y profesionalizar, demostrar que la ciencia abierta también es funcional en el proceso de edición de libros universitarios. Esta es una tarea que se manifiesta en el cambio de procesos de investigación. Es posible que los procesos no sean los más expeditos, pero sí podemos asegurar que serán los más cercanos a la realidad, ya que con la ciencia ciudadana y participativa se dispondrá de la información actualizada y verídica.
Para lograr esta transformación, es necesaria la voluntad de todos los agentes del sistema editorial, pues el trabajo conjunto entre las editoriales universitarias, las personas editoras de las revistas, las personas investigadoras y demás agentes participantes de la ciencia ciudadana e infraestructura, se encargarán a través de la comunicación científica de visibilizar la importancia y llegar a un público mayor.
Ciencia abierta y comunicación
Al pensar en ciencia abierta nos interesan los métodos de investigación; y al pensar en la accesibilidad a los datos de investigación abiertos, en cómo preservarlos. Sin embargo, uno de los aspectos fundamentales que dejamos al margen en este sistema es la comunicación científica. Esto no se debe necesariamente a la falta de interés, sino a una carencia de infraestructura y de recurso humano especializado en la mayoría de las editoriales universitarias. Tanto en Costa Rica como en Centroamérica, las universidades enfrentan un desafío mayor que es el financiamiento y, en muchas ocasiones, las editoriales o departamentos de publicaciones no cuentan con el presupuesto que permita la optimización de los recursos, lo cual complica la ruta hacia una infraestructura adecuada para sus libros y revistas bajo un modelo de acceso abierto, sobre todo un modelo diamante.
Para avanzar hacia esta transformación, desde las editoriales universitarias es necesario transformar la cultura editorial en una cultura abierta, en la cual se incentive que los procesos y el acceso a datos estén al alcance de quienes realizan investigaciones. Esto también implica revisar las políticas editoriales, identificar qué tipos de publicaciones pueden y deben enmarcarse en estos procesos y, sobre todo, considerar y replantear los procesos de evaluación, ya que estos son los que pueden generar mayor comunicación y difusión científica, para evitar dejarle gran parte del trabajo a los repositorios. También, es relevante incluir a las personas profesionales en ciencias de la información y de bibliotecología para que la colaboración entre disciplinas sea mayor, pues estas personas son quienes mejor comprenden las interoperatividades de las infraestructuras que permiten la visibilidad.
Aún no se ha logrado consolidar una estrategia para integrar a la comunidad en los procesos de investigación; sin embargo, al momento de replantear los mecanismos de legitimación y evaluación, para que la ciencia ciudadana forme parte de esto. Es relevante no confundir este tipo de apertura con la extensión o la acción social tradicional, pues más bien se trata de integrar a las personas de las comunidades en la generación de conocimiento, atravesando esa línea abismal que muchas veces separa a la academia de los saberes populares.
A nivel nacional, Costa Rica está asumiendo un compromiso público para crear una ruta hacia la ciencia abierta. El Consejo Nacional de Rectores (CONARE) trabaja actualmente en un borrador de política que se espera publicar a finales de 2025. Por su parte, a nivel centroamericano, el Consejo Superior Universitario (CSUCA) ha lanzado una estrategia para articular a las 25 universidades que lo conforman. Estos esfuerzos institucionales deben acompañarse principalmente de un cambio profundo: transformarnos en una especie de activistas de la información, donde el compromiso latente para innovar los procesos e implicaciones de este hacer, transformar las prácticas editoriales y comprender que el objetivo de la ciencia abierta es garantizar el acceso al conocimiento, a la infraestructura y a la posibilidad de compartir saberes sin egoísmo, para fomentar redes de colaboración desde las diversidades de saberes.
Como editores y personas que investigamos este ecosistema, debemos proponernos que esta apertura de la ciencia inclusiva, situada y comprometida con la sociedad se fortalezca para incidir en el modelo de investigación y permitir de esta manera que el conocimiento se nutra desde el diálogo abierto con otros sistemas de conocimiento, así como de la participación abierta de los agentes sociales para enriquecer la bibliodiversidad para las generaciones venideras.
Editor de la Revista ABRA (Facultad de Ciencias Sociales) y coordinador del Programa Repertorio Americano (Instituto de Estudios Latinoamericanos) de la Universidad Nacional de Costa Rica. Ha sido editor asociado de Temas de Nuestra América. Revista de Estudios Latinoamericanos. Su investigación se ha centrado en la historia del libro en Centroamérica en la década de 1970, con énfasis en la editorial EDUCA como proyecto regional de integración cultural y académica.
