Scott aborda una cuestión que había molestado durante mucho tiempo a los amos de esclavos de todo el Atlántico, y que uno de ellos, en 1791, calificó de «modo desconocido de transmitir inteligencia entre los negros». Inteligencia es exactamente la palabra correcta, porque el conocimiento que circulaba en el «viento común» era estratégico en sus aplicaciones, vinculando las noticias del abolicionismo inglés, el reformismo español y el revolucionarismo francés con las luchas locales en el Caribe.
Los itinerantes utilizaban las redes comerciales y su propia movilidad autónoma para formar redes subversivas, de las que las clases dirigentes de la época eran muy conscientes, aunque los historiadores de la época, hasta Scott, no lo fueran. Scott crea así una nueva forma de ver uno de los grandes temas de la historia, lo que Eric Hobsbawm llamó «la era de la revolución». Cambia nuestra visión en dos direcciones: vemos la flamígera era desde abajo y desde el mar. Al hacer hincapié en los hombres y mujeres que conectaron por mar París, Sevilla y Londres con Puerto Príncipe, Santiago de Cuba y Kingston, y que luego, en pequeñas embarcaciones, conectaron entre sí puertos, plantaciones, islas y colonias, Scott crea una nueva y muy imaginativa geografía transnacional de la lucha. Instancias de resistencia ascendente en diversas partes del mundo, hasta entonces desconectadas, aparecen ahora como partes constituyentes de un amplio movimiento humano. Las fuerzas -y los creadores- de la revolución se esclarecen como nunca antes.