¿Es la corrección una actividad creativa?

Fragmento del texto publicado originalmente en el libro 25 Apuntes de la edición universitaria, que celebra los 25 años de existencia de la Editorial UPC, y que reúne las experiencias y testimonios de 31 destacados editores de América Latina, España y Estados Unidos.

La obra completa en acceso abierto está disponible en nuestro Centro de documentación. Agradecemos a los colegas peruanos su generosidad por permitirnos compartir esta publicación.

Ada Ampuero
Editora y correctora de estilo
Universidad ESAN

Un tema de frecuente debate entre nosotros los correctores es hasta qué punto debemos intervenir un texto, interrogante que nace de las imprecisiones que rodean nuestro oficio. No hay estándares aceptados por todos respecto a qué comprende la corrección de estilo o si es lo mismo que la corrección a secas; cada colega actúa según su propio criterio o el criterio consensuado entre su grupo de trabajo.

En general, solemos reconocer dos niveles de corrección de acuerdo con el grado de complejidad de la labor: la básica u ortotipográfica, que comprende el levantamiento de errores ortográficos (tildes, escritura de números, siglas, acrónimos, etcétera) y tipográficos (erratas, detalles gráficos, como alineación y espaciado); y la corrección de estilo, que, además de la anterior, se enfoca en lo gramatical (morfología, sintaxis, léxico y semántica) y, quizá lo más importante, pone su atención en aspectos que delinean un trabajo más fino orientado hacia la claridad y la fluidez, la precisión, la coherencia de los enunciados y todo aquello que contribuya a que las ideas del autor lleguen al lector de la mejor manera. 

Sobre la ortotipografía y la gramática hay consenso; las discrepancias residen en cuáles son los límites del “trabajo más fino”. Por ello, la corrección es una tarea hasta cierto punto creativa, requiere conocimiento cabal del idioma, cultura general y criterio para no sobrepasar o sustituir al autor ni para alterar el sentido de lo que quiere decir. La corrección de estilo es, en realidad, una tarea dedicada a conseguir un texto de la mayor calidad posible.

Considerando este panorama general de la corrección de estilo, ¿qué particularidades adquiere nuestro oficio en el campo académico? ¿En qué difiere corregir un texto académico de uno periodístico, publicitario, literario, etcétera? Cabe preguntarnos si en el texto académico podemos realizar lo que en este documento he denominado “trabajo más fino” con la misma solvencia que en escritos no académicos. Para intentar dar luz al respecto, conviene explorar el papel que los correctores podemos cumplir para mejorar la calidad de un trabajo académico teniendo en
cuenta algunas de sus particularidades.

El texto académico es un vehículo de conocimiento; sea libro, ponencia, ensayo, artículo u otro, vincula a miembros de una determinada ciencia o disciplina, de modo que presenta conceptos, desarrolla argumentos y emplea términos
que no son de dominio público, como sí lo son los contenidos en textos periodísticos, publicitarios o, incluso, los de creación literaria.

El trabajo del estudiante universitario, la tesis del egresado, el artículo que elabora el profesor para presentarlo a una revista científica, todos constituyen textos académicos; pero, mientras más alto o más profundo sea el nivel de conocimientos que encierra el texto, más difícil será entenderlo. El libro de consulta, dirigido a estudiantes o principiantes, se expresa en términos de fácil comprensión; en cambio, el artículo de una revista científica o encuentro académico, por citar unos ejemplos, no hace concesiones, se expresa en términos especializados.

De ahí que el texto académico presente escollos para los correctores, porque supone un conocimiento previo —incluidos un léxico particular y siglas o abreviaturas cuyo significado no siempre se indica— sin el cual nos puede resultar difícil de entender o, peor aún, llevarnos a cometer errores o cambios de sentido en la intervención.

En efecto, los correctores podemos subsanar los errores ortotipográficos fácilmente; la puntuación, no tanto, pues corremos el riesgo de alterar el significado de lo escrito (por ejemplo, poniendo una coma donde no corresponde); la sintaxis es más difícil aún, exige la comprensión de lo expresado. Sin embargo, para darle claridad, fluidez, precisión y coherencia al texto, debemos entender lo que se está diciendo. Si no conocemos la materia, tendremos que poner en juego otros recursos, desde recurrir a la generosa internet hasta buscar ayuda de un profesional en el tema. En todo caso, nuestra capacidad de intervención se verá limitada.

Otra característica del texto académico es estar sujeto a normas establecidas para uniformar el modo en que los autores deben presentar sus trabajos, ya sean artículos, ponencias, tesis, etcétera, sobre todo en lo concerniente a estructura, citas y referencias bibliográficas, cuadros y gráficos. Aplicar estas normas no es muy complicado, pero sí tedioso y se debe realizar con cuidado porque no respetarlas puede reducir, por ejemplo, las posibilidades de un artículo académico de ser aceptado en una revista científica. Sucede que, con frecuencia, el autor no conoce en detalle estas normas y supone que los correctores podemos aplicarlas fácilmente. Pero, si el corrector que ha recibido el encargo no las conoce ni sabe con claridad qué son ni dónde encontrarlas, verá también limitada su intervención.

Su proximidad al inglés es otro rasgo del texto académico, que, aunque esté escrito en castellano, está plagado de anglicismos o traducciones inadecuadas (por ejemplo, en vez de bibliografía se emplea literatura, cuyo uso ya está asentado). Cuando los correctores estamos ante palabras como outsourcing o target, ¿cómo podemos saber si están incorporadas al léxico de la disciplina a la que pertenece el texto que estamos interviniendo o si ya hay un equivalente al vocablo inglés aceptado en castellano? El avance incesante de las tecnologías de información origina muchos términos nuevos para los cuales no siempre se encuentra con suficiente rapidez un equivalente en castellano. Los autores no perciben este problema porque, como el idioma académico universal es el inglés, están familiarizados con esta lengua y suelen seguir estudios de posgrado en universidades del exterior, casi siempre, en inglés.

Por otro lado, es evidente que, si el trabajo se traducirá al inglés para presentarlo a alguna revista científica, no valdrá la pena intentar hallar equivalentes en castellano a los vocablos en inglés. A la inversa, cuando se trata de corregir un texto originalmente escrito en inglés pero traducido al castellano —sucede en compilaciones—, será muy saludable tener a la mano la versión original para consulta; más aún, si quien realizó la traducción no está especializado en la materia o si el traductor fue el propio autor y su manejo del castellano es insuficiente. Por lo tanto, no conocer inglés también reducirá nuestra capacidad de intervención en el texto académico.

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