La ética en la edición universitaria: nuevos desafíos tecnológicos

Luis Zúñiga
Editor del Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

En los últimos años, hablar de la ética en el ámbito de la edición universitaria ha sido un tema recurrente. Desde sus inicios, la ética de la edición ha impulsado al editor universitario a tener una selección cuidadosa de autores y obras a publicar; este tipo de editor busca autores de renombre con una reputación académica sólida y con obras rigurosamente fundamentadas. Para asegurar altos estándares éticos, se cuenta con la revisión por pares académicos y la selección de contenidos realizada por un comité editorial, puesto que el prestigio de una universidad también se puede medir por los contenidos que propone, publica y difunde. Un buen catálogo editorial universitario es muestra de lo valiosa que es una universidad en su aporte cultural a la sociedad.

Con el tiempo, una nueva variable llegó para aumentar la problemática en el tema ético de la edición universitaria: la tecnología. La facilidad para la reproducción y distribución de contenidos ha hecho que los editores universitarios deban considerar nuevos aspectos éticos, como la propiedad intelectual y los derechos de autor. La aparición del internet y la apertura que ofrece a cualquier autor en la búsqueda de contenidos abren también una puerta al uso indiscriminado de contenidos de terceros como propio. Por fortuna, para los editores universitarios, con la tecnología llegaron herramientas como el Turnitin, capaz de detectar el plagio y asegurar que los trabajos académicos sean originales; el uso de este software también fomenta la honestidad académica y evita el fraude en la investigación y la publicación de trabajos universitarios.
Todo esto significa que los editores universitarios deben estar atentos a las cambiantes demandas éticas de la edición y adaptarse para asegurar que la integridad académica y ética sea siempre preservada en la publicación y difusión de conocimientos. Pero nuevos tiempos traen nuevos problemas. Ahora existe una nueva variable en la discusión ética editorial: la inteligencia artificial y su producción de contenidos.

Recientemente, el fotógrafo alemán Boris Eldagsen generó controversia al rechazar el prestigioso premio Sony World Photography Awards que había ganado con una imagen generada por la inteligencia artificial. Eldagsen declaró que no quería ser visto como el autor de una imagen creada por una máquina, sino como un artista que quería advertir al mundo de que el poder de la inteligencia artificial sí está compitiendo con la creatividad humana y mostrar que no era tan sencillo distinguir al ser humano de la máquina. Para trasladar esta cuestión al mundo editorial, conviene preguntarnos: ¿estamos cerca del momento en que un ensayo escrito por una inteligencia artificial gane el premio reservado para un humano experto en una materia específica?

La defensa actual de la creatividad humana y de los que estamos involucrados en la cadena cultural es predecible: la inteligencia artificial es una herramienta que puede ayudar a los autores en la producción de contenidos, pero no puede reemplazar el conocimiento, la experiencia y la visión creativa que aporta un ser humano. La creatividad es una capacidad que solo puede ser expresada por la mente humana, por lo que, aunque la inteligencia artificial puede generar contenidos con cierta similitud a los creados por un ser humano, nunca podrá reemplazar completamente la originalidad y la calidad de los contenidos producidos por una mente creativa y experimentada.

Es una respuesta aceptable. Pero ¿hasta cuándo? Después de todo, la máquina parece aprender de sí misma y sus nuevas versiones serán cada vez más poderosas. Una inteligencia artificial podría crear contenido científico —como artículos científicos y tesis— al usar algoritmos para procesar grandes cantidades de información y patrones en datos científicos existentes. Estamos apenas en los primeros días de su aparición en el mundo académico.

Imaginemos que un profesor universitario encarga a la inteligencia artificial que le genere una tesis doctoral. Es necesario hacer aquí las preguntas más básicas: ¿es ético presentar esa tesis como propia o que un jurado la acepte como original? Si la inteligencia artificial se utiliza para crear una investigación, ¿cómo se garantiza que no se están plagiando ideas o trabajos anteriores? Incluso en el caso de que se publique un texto donde se diga explícitamente que la máquina es la creadora, surgen nuevas preguntas: ¿quién es el autor de una obra generada por inteligencia artificial? o ¿quién tiene los derechos de propiedad intelectual? Estas interrogantes aún deben ser respondidas y requieren una reflexión profunda sobre el papel de la tecnología en la producción de contenidos. Antes de finalizar este ensayo, pongamos un caso que parte de la experiencia propia.

El Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos ha publicado recientemente Dayac Menequin. Ritual del veneno de sapo entre los matsés, de Roldán Dunú Tumi Dësi, primer antropólogo del pueblo Matsés. El libro aborda la práctica medicinal y ritual del uso del veneno de sapo acate entre los matsés, por lo que tiene un valor incalculable al rescatar, a partir de testimonios, conocimientos etnográficos que no habían sido validados antes. La información recogida por Tumi Dësi hubiera sido imposible de conseguir para cualquier otro antropólogo que no hablara la lengua y desconozca la cultura de este pueblo. Entonces, ¿puede una inteligencia artificial producir algo parecido? La respuesta aquí no requiere mayor dilucidación: una máquina no puede tener esa visión de los ancestros, no puede “sentir” la conexión mística del autor para transmitir un ritual que trasciende el tiempo. Aquí, en la experiencia vital, la máquina todavía no puede imitar a los seres humanos. Si un autor falto de ética se dedicara a crear contenidos académicos usando una máquina, no podría llegar al nivel de conexión con su objeto de estudio como Tumi Dësi. Como editores universitarios, eso debe ser una señal de alivio.

Podemos sentirnos seguros, entonces. Podemos detectar —todavía— la calidad editorial de un texto y, sobre todo, su humanidad. Pero esta es una defensa que esgrimimos en el día de hoy. Por eso, es vital continuar el debate, prepararnos para el futuro y detectar cuanto antes cuáles serán las nuevas herramientas que usaremos para protegernos de los posibles “autores artificiales” que quieran burlar nuestros sistemas de producción editorial. A fin de cuentas, los editores universitarios no podemos ver la evolución tecnológica como una amenaza, sino como una oportunidad para mejorar y fortalecer nuestro trabajo editorial y asegurarnos de que la producción científica siga siendo un pilar fundamental de la academia.

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