Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe

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Una convivencia posible entre la pantalla y el papel

José Miguel Cabrera Kozisek
UArtes Ediciones

Una editorial universitaria tiene distintos objetivos: publicar obras, generar conocimiento, promover a sus investigadores, vender libros, entre otros, pero todos estos podrían resumirse en uno, el principal, que siempre será difundir su producción. En ese sentido, muchos de los sellos pertenecientes a instituciones de educación en Ecuador han optado en los últimos años por poner su catálogo a disposición en la modalidad de open access, es decir, que las publicaciones se puedan descargar sin costo por cualquier persona que navegue por su web.

Aunque esta opción de abrir totalmente el acceso al catálogo reduce la posibilidad de generar ingresos con la venta de los libros, también puede ser un tesoro, pensando en los datos que se pueden obtener de estas descargas: cuáles son las publicaciones que generan más interés, cómo son las personas que están interesadas, qué edad tienen, desde dónde se conectan, cuál es su género. De esta forma es posible encontrar los perfiles a los cuales dirigir las publicaciones, favoreciendo así la circulación de los contenidos, y esto, por supuesto, es útil para el libro físico también.

El 13 de marzo de 2020 el Gobierno ecuatoriano decretó la cuarentena debido a la pandemia por Covid-19. Aunque el encierro originalmente iba a durar 15 días, los plazos se fueron extendiendo a medida que pasaban las semanas. Fue en esta circunstancia que en la Universidad de las Artes decidimos cargar todo nuestro catálogo en la página web para que nuestra obra pudiera ser aprovechada por cualquier persona que la necesitara. El arte y la cultura fueron un soporte esencial para sobrellevar la incertidumbre que traía la crisis sanitaria.

En ese contexto produjimos, en coedición con Mecánica Giratoria, la editorial de Lucía Moscoso, uno de los libros más comentados de ese año en el país: Ataúd en llamas, en el que la narradora y poeta Gabriela Ruiz Agila compuso —como hicieron Svetlana Alexiévich en Voces de Chernóbil o Gabriel García Márquez en Relato de un náufrago y La historia de Miguel Littín clandestino en Chile— una serie de testimonios de escritores y escritoras nacidos y radicados en Guayaquil, la ciudad ecuatoriana donde la pandemia tuvo los peores efectos. En esos textos se iba contando cómo estos autores estaban viviendo la pandemia: unos, por supuesto, habían perdido a sus seres queridos; otros estaban aprendiendo a vivir solos y encerrados; otros contaban con horror las escenas a las que habían tenido que enfrentarse al salir a la calle; y otros incluso habían encontrado la oportunidad de estrechar sus lazos con la familia.

Durante ese año, Ataúd en llamas, que se encontraba disponible tanto en el catálogo digital de UArtes Ediciones como en el de Flacso, fue descargado más de 7000 veces, lo que favoreció enormemente a la imagen institucional, pues la Universidad de las Artes había publicado un libro que la gente necesitaba leer. Pero en general, a la hora de medir la circulación, los números de descargas superaban por miles a los de la distribución de libros físicos.

Debido a la falta de presupuesto y a las restricciones de circulación, varias editoriales universitarias del Ecuador —especialmente las públicas—, optaron por seguir el camino de las publicaciones digitales, lo cual le permitió a la Universidad de las Artes triplicar la cantidad de publicaciones entre 2019 y 2020. Sin embargo, esta es una decisión que no se podían permitir las editoriales privadas, que necesitan ingresos para existir; pero las universidades están obligadas a generar publicaciones para cumplir con los índices exigidos por las instituciones reguladoras y el formato no constituye una dificultad en sí, pues el conocimiento no es algo que se restringe por el soporte en que se publica una obra.

Además, la ley ecuatoriana permite que las universidades distribuyan sus libros sin costo para fines educativos, que es precisamente el objetivo de las investigaciones realizadas al interior de las instituciones de educación superior. A las revistas académicas, por ejemplo, les basta con circular en formato digital para poder optar a los procesos de indexación.

Todas las soluciones, eso sí, suelen tener sus desventajas. La producción de títulos digitales, que vino a resolver en su momento el problema de la imposibilidad de obtener y comentar los libros en encuentros presenciales, también ha generado la idea de que se puede vivir sin imprimir libros, como ha ocurrido con algunas editoriales universitarias en Ecuador, lo cual significa perder una serie de efectos favorables que brinda el libro físico y que no debemos perder.

Es cierto que la circulación digital multiplica los índices de lectura porque las descargas, que son infinitas, no tienen comparación con los tirajes —en un contexto como el ecuatoriano, imprimir 500 ejemplares es siempre arriesgado—, pero la existencia de los libros impresos permite la movilización de los lectores: la experiencia de entrar a la librería y escoger, la memoria que se genera cuando nos encontramos con alguien, las recomendaciones que nos mueven a adquirir un título en lugar de otro, la sensación del peso y la textura, la participación en eventos, las ventas en ferias, la confluencia con gente en encuentros, las conversaciones en los lanzamientos… Todos estos aspectos son esenciales a la hora de generar una conexión emocional con el libro, que tanto nos está haciendo falta.

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