Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe

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Elogio del libro digital, nostalgia de la finitud

Nadesha Montalvo R.
FLACSO - Ecuador

Pasé la tarde del sábado leyendo mi más reciente regalo para mí misma: El infinito en un junco, de Irene Vallejo, en formato e-Pub. Con mi iPad de 15×21 cm, una reliquia fabricada en 2015, estaba dichosa de leer en la cama, reclinada de un costado y sin las penurias del peso desigual entre el lado del libro ya vivido y soñado versus aquél por descubrir; el izquierdo y el derecho, con frecuencia en desbalance por las páginas recorridas frente a aquellas por conocer. Gracias al soporte que lo contiene, mi libro digital ofrece, además, ¡luz propia! No solo metafóricamente, pues es un texto iluminador, sino literalmente. Puedo también agrandar las letras a mi gusto, verdadero regalo para quien coquetea con la presbicia.

Si soy muy juiciosa activando el modo avión, destinaré el iPad únicamente para leer y así no sucumbiré a la dispersión que amenaza en el teléfono o en la compu, aparatos perversos donde acechan YouTube o Whatsapp. Esta debe ser la razón de ser de los dispositivos de lectura digital. La ventaja de estos aparatejos, los lectores de libros electrónicos, sería, paradójicamente, tener menos funciones que sus parientes que todo lo pueden: los celulares, las tabletas, o las laptop (de las desktop ni hablar, pues pertenecen a otro ethos, aquél vinculado al trabajo en oficina, espacios compartidos por personas que no viven juntas… Ese mundo que estamos redescubriendo).

Como decía, si consagro mi iPad a la función de lector de libros me acercaré más al estado de concentración y entrega que la lectura de libros impresos propicia y exige, o al menos eso quisiera yo creer. Pero mi fiel ‘dispositivo’ fracasa en tal cometido, en parte, por las mismas virtudes del libro digital, algunas de las cuales arriba mencioné. Resulta que los benditos controles de mi iPad para subrayar el libro, buscar la palabra en el diccionario, aumentar el brillo o decrecerlo, colocar el marcapáginas y qué se yo cuántas cosas más, aún me tienen mareada. ¡Todo un desafío para quien se mantiene despierta a la hora de la siesta!

Y acá una enorme diferencia del e-Pub frente al amado libro en papel: el primero, en realidad, no existe; no es accesible sin una serie de prerrequisitos, de los cuales solo mencionaré tres: el soporte para leer (el lector tangible, mi iPad), el software o la aplicación que permite a ese archivo comportarse como un libro y la fuente de energía para cargar el mentado dispositivo.

¿Qué me exige mi libro impreso? Veamos: manos para sujetarlo, ojos para recorrerlo, una fuente de luz, que bien puede ser natural y el conocimiento del alfabeto. Se diría que es poca cosa… Algo de esto debe influir para que mi libro impreso ofrezca una sensación de mayor continuidad con el mundo circundante. Y pese a que me puedo sumergir en él, no estoy realmente en otro plano de la realidad, pues considero a mi imaginación una parte de mí misma. En cambio, mi fantástico libro digital, alojado en mi súper iPad de la década pasada pertenece –no cabe duda– a otro plano de la realidad. Ese plano que, tras la pandemia, ha colonizado nuestro día a día: el mundo virtual, donde, por nuestro bien, deberíamos pasar menos tiempo.

En mi libro impreso puedo palpar, literalmente, mi avance en la lectura y tasar el trecho que resta por cubrir. Tales constataciones no me generan ansiedad alguna (estoy hablando, por supuesto, de la lectura por placer). Más bien, a veces, al acercarme a las páginas finales de un libro anticipo, con pesar, cómo se cierran ante mí las puertas de un mundo fascinante dentro del cual he morado. Sospecho que nunca experimentaré tales sensaciones con los libros digitales. Tal vez porque sé que mi pequeño iPad alberga, cuando menos, otros 70 y pico de libros que no han recibido el mínimo ‘clic’. Podría pasar el resto de la vida ante esa misma pantalla y no terminar de leer todo lo que en ella cabe. Quizá hay un sinsabor en constatar que una apenas ha arañado una ínfima partícula de las lecturas que ese soporte contiene.

La finitud del libro impreso, su extraña capacidad de meter a quien lee en un mundo aparte sin romper la continuidad con el mundo físico, el suspiro que escapa cuando volteamos la contratapa hacia la izquierda, ¡quizá eso es lo que el libro digital nunca puede brindar! Y no es por culpa del libro en sí mismo, pues la estupenda obra de la señora Vallejo sí que tiene un final. Se trata del soporte que “da vida” al e-Pub. Aunque, la verdad, solamente les podré confirmar el particular cuando haya terminado mi libro. Por ahora solo sé que la rayita azul que va de izquierda a derecha e indica mi avance en la lectura está en algún punto entre la cuarta y la tercera parte. ¿Suspiraré acaso cuando la rayita haya alcanzado el extremo derecho? Sospecho que no.

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