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Espacios, territorios y libros

Anabel Castillo Bastidas

Editorial Universitaria UTE, Quito, Ecuador

Los estudios sobre territorios suelen referirse, por lo general, a las nociones basadas en espacio, lugar, región y paisaje; pero la territorialidad humana, de acuerdo con Saquet (2015), implica diferentes relaciones que tienen que ver también con lo económico, lo político y lo cultural, así como con las identidades, las representaciones, las interacciones y las prácticas sociales.

Así, la cultura y el conocimiento no pueden estar separadas del entorno y el contexto en el que se desarrollan. Y ciertamente los libros, como bien cultural, con un fuerte valor intrínseco y simbólico, no escapan de esta realidad, sobre todo por esa dimensión absolutamente relevante que mantienen para el desarrollo social de los países, en especial en América Latina.

En el caso de los textos académicos esta relación se amplía, pues se trata de productos cuya comercialización implica también el movimiento de otros valores añadidos, ya que las publicaciones técnicas aportan de manera significativa al desarrollo científico y al conocimiento; y es por ello que deberían trascender los espacios y los territorios.

Deberían, en suma, trascender fronteras, pues se trata de una parte importante y estratégica del sector cultural, principalmente por su potencial como difusor, no solo de ideas y conocimiento, sino también de diversidades culturales1.

Es el deseo de todo editor el ver las obras publicadas por su sello en las estanterías de diferentes espacios y territorios. Este deseo se ve cumplido en algunas ocasiones, pero la realidad es que son pocos los títulos que logran cruzar las fronteras y llegar hasta las estanterías de librerías de otros países diferentes al del lugar de origen de la obra.

Y aunque a través del tiempo han existido iniciativas que proponen la libre circulación de los libros impresos, existen diferentes factores que aún hoy siguen complicando este proceso.

De hecho, en 1948, en Beirut, la UNESCO aprobó un acuerdo con el propósito de facilitar la circulación internacional de películas de carácter educativo, allanando los obstáculos arancelarios que impedían la libre circulación de las ideas en los continentes. Evidentemente, el acuerdo quedaba corto al pensar solo en materiales audiovisuales, así que en 1950 se elaboró uno nuevo: el Acuerdo de Florencia, cuya finalidad esencial era facilitar la movilidad entre países de productos de carácter educativo, científico y cultural, reduciendo los obstáculos creados por los temas arancelarios e impositivos, así como por acuerdos de protección a producciones nacionales.

Estos principios fueron reafirmados en 1976, con la firma el protocolo de Nairobi, que ampliaba algunos aspectos del Acuerdo de Florencia.

El artículo I del Acuerdo indica que los estados firmantes se comprometen a no imponer derechos de aduana ni otros gravámenes, a la importación o en relación con la importación de los libros, publicaciones y documentos, excepto aquellos que tengan fines comerciales o de propaganda.

El principal fin del Acuerdo y del Protocolo era facilitar el acceso a materiales que propicien la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura, principalmente, pensando en los países en vías de desarrollo, lo que a la larga en realidad propició que los países que tenían una industria cultural más desarrollada invadieran con sus productos los mercados de América Latina, estableciendo, a la final, una relación comercial esencialmente asimétrica.

Desde la mira de lo que sucede actualmente en la edición académica, sobre todo luego de la pandemia, surge la pregunta de si la comercialización del libro en formato digital cambiará esta realidad. Es posible. Pero mientras esta opción se consolida en los próximos años no deja de ser necesario trabajar políticas que permitan que el libro académico impreso circule con mayor facilidad en el mercado latinoamericano.

Aunque en general existen algunos acuerdos y convenios entre países y regiones, además del Acuerdo de Florencia y el Protocolo de Nairobi, el tema de las exportaciones de libros entraña diversas dificultades, en especial para las editoriales académicas que, por lo general, no cuentan con un equipo de personas que puedan dedicarse, en exclusiva, a la promoción de sus novedades, como sucede con otras editoriales corporativas.

Con tirajes mucho menores y distribución de pedidos puntuales, los costos de envío suelen ser, en la mayoría de los casos, prohibitivos, tomando este factor como uno de los varios que obstaculizan el que los libros impresos circulen entre diferentes territorios o lleguen a las bibliotecas de otros países.

Sin embargo, es importante anotar que las Ferias Internacionales del Libro realizan una importante tarea de promoción de las publicaciones académicas de diferentes regiones geográficas, exhibiendo la producción de cada país y promoviendo el diálogo entre editores.

Mas aún, es de destacar aquí la tarea de la EULAC con el catálogo de derechos que ha presentado en diversas ferias del libro y que está a punto de presentar en la Feria del Libro de Frankfurt, con muestras de las obras de varias editoriales académicas de América Latina y el Caribe.

Sin duda este tipo de iniciativas son fundamentales para promover la circulación de los libros académicos y del conocimiento que sus páginas guardan.

 1 De ahí que la Alianza de Editores Independientes adoptara el término de bibliodiversidad para aludir a esa diversidad cultural que el libro en general representa. http://www.alliance-editeurs.org/

Referencias:

Saquet, M. A. (2015). Por una geografía de las territorialidades y las temporalidades: Una concepción multidimensional orientada a la cooperación y el desarrollo territorial. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

UNESCO. (1999). El acuerdo de Florencia y su protocolo de Nairobi. Textos normativos y guías de aplicación. Importación de objetos de carácter educativo, científico o cultural. Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura.

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