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Las huellas del desarrollo…

Esteban Giraldo González

Con motivo de Enlazadas por la conservación de la biodiversidad, que tendrá lugar el 18 de agosto en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, presentamos un fragmento de uno de nuestros libros, recientemente publicado, que indaga por la tensión entre las necesidades de desarrollo y el cuidado del medio ambiente. Se trata de la obra Las huellas del desarrollo: Intersecciones entre conflicto, reconfiguración social y pacificación en Colombia de Catalina Acosta Oidor y Juan Carlos Sánchez Sierra. Es una invitación a reconocer la extraordinaria complejidad de hacer coincidir la protección de nuestro planeta con la voracidad de las economías contemporáneas. Es, pues, una alerta urgente.


Las huellas del desarrollo

Juan Carlos Sánchez Sierra, Catalina Acosta Oidor

En lo corrido del siglo XXI, Latinoamérica ha experimentado un renovado giro económico hacia la explotación de materias primas entre las que los hidrocarburos, los minerales y la agroindustria para la exportación constituyen un componente fundamental para alcanzar cifras indicadoras de desarrollo. Tras décadas de impulso a la industrialización y el fortalecimiento de rubros económicos como el de los servicios, desde la última década por lo menos, la región padece una vez más los efectos históricamente demostrados de la imposición de una mirada del desarrollo que se corresponde con las bonanzas propiciadas por ese privilegio que se la da al crecimiento económico por la vía de la dependencia y el estancamiento de sectores productivos, con sus correspondientes efectos sociales y ambientales. Como sucedió en el pasado, al proceso se le han dado nombres asociados al colonialismo, a la dependencia y a la ambición especulativa; hoy se le tilda de neoextractivismo, economías de escala, todos denominadores útiles para abordar las distintas dimensiones que adoptan los ciclos económicos.

A lo largo del siglo XXI esto ha significado el recrudecimiento de variados efectos que resultan de esa inclinación por la obtención de divisas por las vías del monocultivo para la agroexportación, el acelerado crecimiento de economías de enclave que limitan las dinámicas locales a las veleidades del mercado de commodities, y la sobredimensión a la inversión extranjera directa como componente del producto interno bruto en la definición
de la macroeconomía en los países que entraron en la cintura del ajuste estructural desde la década de 1980. El diagnóstico pareciera empeñarse en asociar los ciclos económicos con las burbujas de prosperidad que han ocurrido en otros tiempos en los Países Bajos: la “enfermedad holandesa” de hoy no es muy distinta a la “fiebre de los tulipanes” de ayer, cuando en el siglo XVII el afán especulativo arruinó uno de los focos más prósperos del entonces naciente capitalismo.

Entre los efectos adversos se pueden contar las perturbaciones sociales a nivel local, con impactos negativos en materia productiva, de empleo, el ascenso de prácticas delictivas que a menudo superan la imaginación, y la orientación de varias generaciones de jóvenes a proclamar una ruptura y la adopción de la mentalidad del dinero fácil y el enriquecimiento ilícito en abierto desdén por la vida rural o comunitaria. También se pueden incluir entre los efectos del desarrollo económico, la reanimación de viejos conflictos socioeconómicos ya no comprensibles dentro de parámetros ideológicos o de clase —funcionales en otra época—, pues en su lugar imperan lógicas de acumulación que combinan lo legal y lo ilegal, casi siempre con la anuencia o ausencia del aparato estatal. La sostenibilidad del sistema de acumulación ―llámese extractivismo, rentismo, neocolonialismo― fue impulsado en el discurso del desarrollo basado en la premisa de buscar un crecimiento sostenido, y se mantiene así aun cuando las ciencias naturales y sociales han demostrado que tal proceso es imposible de mantener en el tiempo sin ocasionar un colapso general, que en términos biológicos es similar al efecto del cáncer y la metástasis. La consolidación de ese silencio frente al sentido común ha llevado a negar las perturbaciones económicas
que han recaído sobre las poblaciones directamente afectadas por las lógicas de explotación económica contemporáneas. Ese juego de tramoyas, de negar el mal y denunciarlo o diagnosticarlo solo cuando afecta a los jugadores centrales de la economía global, acarrea el descrédito o minimización del impacto en materia social y ambiental de la explotación acelerada de minerales, hidrocarburos o productos exóticos que deben arrebatársele a los pocos reductos donde la naturaleza se mantuvo relativamente prístina a pesar de siglos de saqueo.

El hecho de que los conflictos no perturben las sociedades latinoamericanas en cuantiosas sumas de sangre, como fue costumbre a lo largo del siglo XX, no significa que haya dejado un saldo social positivo luego de la bonanza pasajera; en ese caso, Colombia se distingue por presentar cuantiosas cifras en términos de víctimas asociadas a estos tipos de explotación. La limitación de la violencia directa en el plano productivo, responde tanto a una dimensión renovada del capitalismo en la que la intervención extranjera es impulsada por agentes privados corporativos y facilitada por los Gobiernos con un pulso discreto, pero siempre presente, así como a la capacidad de que los intereses productivos interfieran con el interés por el lucro. La política se ha modernizado en Latinoamérica, algo que parece probar la ciencia política al examinar la oleadas de democratización reciente en la región, pero los espejismos democráticos resultan desiguales a la hora de medir la forma como han consolidado marcos jurídicos e instituciones gubernamentales fuertes, que supervisen el cumplimiento de normas básicas para la sostenibilidad y legalidad de la explotación de recursos…

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