Page 29 - Tendencia Editorial | Edición Especial 2021
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 los teléfonos. En la pantalla, y al alcance de un clic, se agruparon las pilas y las secciones de Libélula. Recor- demos que un lector también es un vigilante, que desde su casa, a lo lejos y encerrado, pudo acceder y comprar cuanto pudo, quiso o deseó.
Y de todo este esfuerzo por formar nuevos vínculos, hubo uno que se fue esbozando día a día, según iban pasando las restricciones y las cuarentenas: el de mez- clar los entornos. Como librero, y sin saberlo muy bien, me convertí en esa persona que intentaba conectar ese espacio privado de la casa o el apartamento, del que no podíamos salir, con el público del establecimiento de comercio, que por miedo u orden política, era inacce- sible. El prisionero es esa persona que pierde la posibi- lidad de comunicación. La pandemia nos confinó pero no nos arrebató esta última libertad, y fue ahí donde muchos comerciantes se fortalecieron o por lo menos sobrevivieron.
La historia de las librerías complementa la historia del mundo. Y hay varias características que, si revisa- mos hoy, nos ayudan a entender un poco mejor por qué no, como muchos esperaban, las librerías colapsa- ron y cerraron. Por ejemplo, no olvidemos que desde hace siglos, en mayor o menor medida, los libros hacen parte del espacio doméstico. Sea en un mueble empol- vado y olvidado del último cuarto de la casa, empacada en cajas desde los años del colegio, escondida en cajo- nes, o exhibida para maravilla de los nietos, la bibliote- ca personal es una creación de la sociedad de consumo, destinada muchas veces solo para el entretenimiento y el ocio. No imaginemos miles o cientos de libros, basta una docena para demostrar lo que quiero decir: el libro de recetas de la abuela, un diccionario, la revista Selec- ciones, el almanaque Bristol, la Biblia.... Ese objeto que alguna vez sirvió sólo para rezar o aprender, hoy día permite disfrutar del tiempo libre.
Leer para entretenerse, leer para descansar de una pantalla, leer para habitar la casa. Todo esto se conjugó durante los meses más duros del encierro en 2020. Una librería es un lugar que permite consumir un vicio y un placer. La pandemia hizo evidente, urgente, la inten- sidad que significa ser librero, que por hoy puede ser
definida así: concentrar la capacidad de venta con la selección, vender para mantenerse pero sin dejar a un lado esa gran conversación que es la cultura. Las libre- rías hacen parte del mercado, pero también se cuelan en la vida de un puñado de personas, de una forma que sólo puede entenderse desde las emociones y la amis- tad. (Cuando apenas estaba decidiendo si abrir o no una librería cerca a los teatros en Nueva York, Fran- ces Steloff, la fundadora de la legendaria Gotham Book Mart, le preguntó a uno de sus antiguos patrones si la empresa valía la pena y qué tipo de libros debía vender. El viejo librero, sin darle mucha importancia a lo de- más, le contestó: “Sus clientes la educarán”.)
Queda entonces una última reflexión, para esta y casi todas las profesiones: las críticas circunstancias del conta- gio y la enfermedad globales nos obligaron a prestar mu- chísima más atención, a revisar minuciosamente cómo funcionan las relaciones en nuestro trabajo, qué significa “hacer carrera”, qué valor tiene el sacrificio de nuestro tiempo, qué frágiles resultan las elecciones que dirigen nuestra vida. Desde la librería, entre domicilios y paque- tes por entregar, el mundo desaparecía por momentos, y no quedaba claro quién había al otro lado, porque la tecnología creó, o más bien intensificó, un nuevo clima: el del anónimo que te escribe a través de un chat y te pide cosas. Nos encerramos y borramos el mundo a nuestro alrededor. Esos fueron los días más duros.
¿Qué ayudó a soportarlos? La certeza de que las cosas sólo pueden mejorar si uno se mejora a sí mismo. Pulir detalles, aprender a conocer nuevas generaciones de clientes, nuevas –por lo menos para mí– plataformas de comunicación, sellar pactos con aliados nuevos, reforzar el trato con los demás colegas de la ciudad y el país... fueron estas las tareas que permitieron que la librería siguiera y no se apagara. Además, darse cuenta y aferrarse de otra enseñanza, una más: que un librero es una persona que todo el tiempo ofrece explicaciones (de los libros que vende), y durante esos meses de zozo- bra e incertidumbre este tipo de aclaraciones se volvió necesario, una especie de consuelo. Vender libros, ya lo dijo Héctor Yánover, es entregar el futuro.
Y hoy sí que lo necesitamos.
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Universidad del Rosario • Bogotá, 2021

























































































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