Diego Zamora Cascante
Universidad Nacional Costa Rica
Latinoamérica es espacio con amplia diversidad cultural donde el pensamiento se fortalece de las identidades que coexisten en el territorio. Desde esta perspectiva, resulta fundamental visibilizar la bibliodiversidad como ese ámbito de importancia para difundir y socializar los conocimientos que se producen en nuestros contextos, entendiéndola como la diversidad de voces, lenguas, ideas y perspectivas que circulan en el mundo del libro. Muchas de estas identidades y conocimientos gestados desde el pensamiento permanecen en el margen de las lógicas dominantes del mercado editorial, por lo que necesitan ser registradas y publicadas, haciendo necesario generar y fortalecer espacios que permitan su circulación, reconocimiento y valorización.
Ante este panorama, es necesario plantearnos de nuevo la pregunta clave: ¿qué producimos, para quiénes lo hacemos y desde dónde lo hacemos? Reflexionar sobre la producción y la circulación del libro, así como sobre las redes de trabajo, resulta esencial en este contexto, puesto que hoy tenemos una oferta amplia en el mercado editorial, pero pocas veces nos detenemos a observarlo.
Como fortalecimiento de este panorama, los enfoques contemporáneos de la producción científica como la ciencia abierta, adquieren un papel central para abordar el concepto de bibliodiversidad, ya que este cambio de paradigma permite ampliar las formas de difusión del conocimiento y comprender la esencia de lo latinoamericano, urdimbre de saberes que conforman y construyen el continente. Los pensamientos de las personas de base son imprescindibles, y los conocimientos de otros[i] interpelan y enriquecen lo que ocurre en la edición latinoamericana; sin embargo, se requieren espacios que permitan la aplicación de este tipo de sistemas.
En este sentido, la bibliodiversidad no solo implica la coexistencia de múltiples voces, sino también la posibilidad de reconocer, valorar y proyectar aquellas miradas que históricamente se han situado en el margen y que las lógicas del mercado han invisibilizado desde todo lo que compartimos. Se hace necesario promover una lectura situada donde se reconozca esa historia compartida, las desigualdades, las lenguas y las periferias, para así defender y, a la vez, problematizar la construcción de una identidad editorial propia frente a los centros hegemónicos. Pero, ¿existe esta identidad?
En Latinoamérica se presentan diversas formas de resistencia editorial en función de defender el libro y la lectura como un ejercicio para la construcción de identidad. Como ejemplo de esto se puede mencionar los proyectos cartoneros surgidos en contextos de crisis que utilizan materiales de bajo costo y una producción artesanal, logrando democratizar el acceso al libro mientras que se innova en cuanto a la manera de circulación del contenido. Por otro lado, podemos hablar de editoriales independientes que se presentan como espacio de crítica dentro del campo editorial mediante la presentación de títulos disidentes, contraculturales y contrahegemónicos que difícilmente tendrían espacio en un catálogo que responde al campo editorial tradicional. Finalmente, uno de los eslabones más relevantes del ecosistema editorial regional y que aporta a la bibliodiversidad lo representan las editoriales universitarias que, articuladas en redes como la Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe (EULAC), buscan fortalecer la producción y la circulación del libro para el robustecimiento de la bibliodiversidad.
Dentro de este marco, se insiste en la importancia de construir un catálogo coherente dentro de la práctica editorial. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Qué significa realmente esa coherencia? ¿Responde a una lógica de mercado o, más bien, a la identidad propia del sello editorial? ¿Es una necesidad?
La coherencia de un catálogo puede entenderse como la articulación entre el contexto en el que se sitúa la editorial y una visión que orienta sus decisiones. En muchos casos, no se trata únicamente de estrategias de mercado, sino de un “olfato editorial”[ii] que prioriza la circulación de ideas y de conocimientos que no necesariamente se alinean con el campo editorial tradicional. En este sentido, la coherencia no implica homogeneidad, sino una posición: una forma de leer el mundo y de aportar en él desde la edición crítica y consciente de la realidad.
Resulta interesante vincular este planteamiento con la perspectiva de Pierre Bourdieu cuando sostiene que el editor es un agente de “doble faz”, una persona que opera bajo una lógica de mercado y, de manera simultánea, con una lógica cultural. Esta idea, desarrollada en su ensayo “Hacia una visión conservadora de la edición”[iii], ofrece un punto de partida para pensar el campo editorial desde esta perspectiva.
Así, más que una simple coherencia entendida como un diálogo entre los títulos del catálogo (donde estos pueden leerse tanto como obras individuales y como parte de un todo que construye la identidad del sello), el catálogo editorial en Latinoamérica se configura como un espacio de posicionamiento de identidad, político y cultural, en el que se define qué voces circulan, desde dónde y para quiénes. En este espacio calza mucho mejor la lógica que plantea Pierre Bourdieu sobre la figura del editor, ya que podemos enlazarla con una estructura semejante a la del ADN y ver que esa identidad se adapta a una lógica de ecosistema, mostrando que la edición comercial depende de la edición independiente para su propia supervivencia, configurando una relación semejante a la de la doble hélice, en la que ambas entidades se entrelazan para formar un campo donde coexisten y dependen mutuamente para su constitución.
Desde esta perspectiva, la bibliodiversidad adquiere un sentido más amplio y exigente: no se trata únicamente de disponer de “muchos libros”, sino de garantizar la presencia de una pluralidad de voces, de lenguas y de formas de conocimiento, implicando tanto la circulación de obras fundamentales como la apertura a nuevas producciones que dialogan con el presente. En el ámbito editorial, nada ocurre de manera aislada, sino que es el resultado de prácticas concretas, de decisiones editoriales, de mediaciones libreras y de resistencias sostenidas, para que tanto editoriales independientes y universitarias –primordialmente–, puedan desarrollar sus catálogos con títulos que llenan vacíos epistémicos.
Quizás, para situar y ejemplificar desde un contexto y un caso puntual, hago mención a las estadísticas de los últimos 10 años sobre publicaciones registradas en la Agencia Nacional de ISBN en Costa Rica respecto a las publicaciones en idiomas y lenguas que no son el español, ya que las barreras lingüísticas son el principal reto para fortalecer la bibliodiversidad:
Cantidad de títulos registrados en Agencia ISBN Costa Rica, 2015-2025
| Idioma | Cantidad de títulos registrados |
| Español | 18013 |
| Inglés | 923 |
| Portugués | 71 |
| Boruca | 1 |
| Cabécar | 13 |
| Bribi | 18 |
| Ngäbere | 5 |
| Limon Kryol | 5 |
| Maléku | 4 |
Fuente: Agencia Nacional de ISBN, Costa Rica.
Según estos datos desplegados a partir de los registros emitidos por la Agencia Nacional de ISBN, Costa Rica aún no muestra o amplía una idea de bibliodiversidad consolidada. De casi 20 000 títulos publicados en diez años, solo 117 están en idiomas que no son español o inglés; y de estos, el porcentaje más elevado es el correspondiente al portugués. Se demuestra que, en esta delimitación temporal, apenas 46 publicaciones registradas responden a lenguas locales, lo cual es realmente muy poco; sin embargo, existen decenas de productos editoriales que no se registran y de los que no podemos realizar una identificación y trazabilidad, lo que no debe ser un caso aislado en el país, sino más bien, una prevalencia a nivel regional.
Esta realidad no debe verse de manera negativa, sino más bien considerarla como un impulso y una oportunidad para fortalecer la bibliodiversidad desde las editoriales universitarias e independientes en el país y la región, por lo que hay que apostar por publicar en lenguas locales, como lo ha hecho la Biblioteca María Elena Fernández Galán Rodríguez de la Universidad Autónoma de Chiapas, UNACH, que ha publicado textos en las lenguas Tseltal, Tsotsil, CH’ol, Tojol-ab’al y Zoque.
Esta iniciativa es un ejemplo claro de que se debe apoyar proyectos institucionales e independientes, así como todos aquellos proyectos comunitarios para generar espacios en los que se puedan incluir estas voces a la producción editorial.
Otro espacio que también se debe fortalecer para nutrir el ADN latinoamericano a través de la edición, es la traducción de textos de difusión científica y cultural a las lenguas originaras, para apuntar a una bibliodiversidad inclusiva, reflexiva y cohesionadora social. Acá es donde cabe resaltar la importancia de las editoriales universitarias, dado que estos espacios de publicación son los que pueden asumir los riesgos de ampliar el catálogo editorial a estas líneas que pueden resultar opuestas a la lógica del mercado, pues el público receptor es mínimo y focalizado, pero no por eso menos importante.
Estos focos son reflejo de una realidad mayor que atraviesan los países en Latinoamérica. Entender la bibliodiversidad no se trata de acumular títulos, sino de liberar los saberes que han estado invisibilizados. Es el sistema que permite la circulación de conocimientos situados y lenguas que resisten; es una herramienta política construida en colectivo para dar voz a las periferias e identidades históricamente invisibilizadas y esto debemos tenerlo presente desde nuestro quehacer cotidiano, puesto que no solo publicamos para ampliar una oferta, sino para garantizar que la riqueza intelectual fundada desde todos los campos del saber dialogue entre sí. Porque la bibliodiversidad no es un estado del mercado editorial, sino una toma de posición frente a él en donde las editoriales universitarias e independientes pueden hacerle frente a esta lógica dominante a través de su catálogo.
[i] Entendido desde las Epistemologías del Sur de Bonaventura de Sousa.
[ii] Ezequiel Saferstein, en ¿Cómo se fabrica un best seller político? (Siglo XXI, 2021), plantea el “olfato editorial” como la capacidad de leer anticipadamente el campo editorial para identificar qué es lo que las personas quieren —o van a querer— leer, para detectar temas latentes en función del clima social.
[iii] Pierre Bourdieu, “Una revolución conservadora en la edición”, en Intelectuales, política y poder. (EUDEBA, 1999).
