Las mujeres y los estudios del libro y la edición en Iberoamérica

Panorama histórico y enfoques interdisciplinarios

Con motivo del Día Internacional del Mujer, compartimos con ustedes un fragmento del la obra Las mujeres y los estudios del libro y la edición en Iberoamérica coordinada por Marina Garone que reúne los trabajos de veintiocho investigadoras de distintas disciplinas, y que aborda casos, panoramas, problemas, metodologías y fuentes documentales, con el fin de valorar los diversos aspectos del papel que han tenido las mujeres en el mundo del libro en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, España, Guatemala, México, Perú, República Dominicana y Uruguay, entre los siglos XVII y XXI. 

Agradecemos a Ediciones Uniandes por permitirnos compartir un fragmento de este valioso libro que visibiliza el trabajo de las mujeres en la edición de nuestra región. Esta obra es una colaboración entre Ediciones Uniandes (Colombia), Universidad Autónoma Metropolitana (México) y Universidad Santiago de Chile (Chile).

Reflexiones para una bibliografía y una historia del libro con perspectiva de género

Marina Garone Gravier
Universidad Nacional Autónoma de México

Introducción

Toda investigación tiene una historia y lo mismo para con los libros. A veces, las motivaciones parten de una epifanía, de un hallazgo accidental o de un patrón ostensible que nos hace dudar de la casualidad. De algún modo, el último recurso, el del patrón, es el que dio origen a una inquietud personal, a inicios del segundo milenio, que hoy se traduce en esta obra colectiva, en un coro de voces que, quizá por derroteros diferentes ha llegado a espacios comunes: estas páginas y los proyectos de investigación, seminarios, congresos y foros de discusión que desde hace un tiempo se llevan a cabo para indagar por el papel de las mujeres en la historia y los estudios del libro y la edición.

Describiré brevemente mi derrotero para explicar cómo se engarzó con las búsquedas de las numerosas colegas que hoy participan de esta obra. Más allá de lo anecdótico, el proceso que me ha llevado a idear, proponer y coordinar este libro y otros proyectos en los que la presencia de las mujeres en la cultura escrita es central, puede ser de utilidad para imaginar los caminos de otras investigaciones y proyectos en los que el sujeto historizante no puede verse como un agente inerte de las historias y los estudios que realiza1.

A finales de 1990, durante mis estudios de maestría, y más tarde en la preparación de mi tesis doctoral, el término viuda de aparecía insistentemente en los registros bibliográficos y las referencias clásicas de la historia del libro del México colonial. La mayoría de las veces esos trabajos no señalaban nada especial sobre las impresoras; varias de ellas de hecho carecían de nombre propio. En otras ocasiones algunos autores de la bibliografía tradicional exponían opiniones lapidarias sobre la limitada capacidad empresarial de aquellas mujeres, justificando su presencia en el taller de imprenta como consecuencia natural de la muerte del dueño varón. Aunque el foco principal de mis trabajos estaba puesto en otro conjunto de actores hasta ese momento también invisibilizado de la historia del libro novohispano —los indígenas—, paulatinamente aquel elenco femenino de poco más de una veintena de personas se convirtió en el centro de mi interés, y se consolidó desde entonces en una de mis líneas de investigación.

Lo primero que se manifestó con claridad al ver la parquedad de la documentación que iba localizando fue la necesidad de restituirles la identidad. En ese sentido, puedo decir con orgullo que como consecuencia de varios de los trabajos realizados por un conjunto de colegas y también por mí, se logró dar nombre propio a varias impresoras que hasta entonces eran anónimas. A pesar de las complejas circunstancias que existen en los países de América Latina para trabajar en los archivos —y no en pocas bibliotecas— y dar con fuentes primarias de la historia del libro y la imprenta, a la fecha hemos podido localizar una serie de datos, por ejemplo, una somera descripción física en sus cartas de pasajeros a Indias. Rosa Teresa Poveda era, según el documento que encontré en el Archivo de Indias «blanca, pequeña de cuerpo, ojos pardos y pelo negro». Rosa fue una relevante impresora del siglo XVIII novohispano, y se le conoce en la literatura científica como la Viuda de Hogal2.

Lo segundo que hizo evidente para avanzar en el tema de las impresoras fue la necesidad de describir y analizar los espacios cuantitativos y cualitativos de la producción de sus talleres. Esa aproximación desencalló parcialmente la discusión en torno a las cuestionadas «capacidades comerciales» que de manera directa o indirecta algunos historiadores y bibliógrafos han esgrimido a lo largo del tiempo para relativizar o minusvalorar el trabajo de las mujeres. El recuento del periodo de gestión que tuvieron frente al taller, el volumen en títulos salidos de sus prensas en ese lapso, la diversidad de clientes con los que entablaron tratos, la obtención, renovación y conservación del privilegio de impresión de algún género editorial concreto, así como las características materiales de los impresos, fueron algunas de las variables que permitieron a los investigadores interesados en la agenda femenina, interpretar de una manera relativamente más «objetiva» las condiciones de trabajo y las características de la producción de las imprentas lideradas por mujeres.

Identifiqué entonces que había una suerte de trampa en los métodos y las matrices de pensamiento con las que se analizaba el trabajo de esas mujeres: las evidencias que, de manera convencional, ha empleado la historia del libro, al menos en el mundo iberoamericano, y que se pedían para corroborar las acciones precisas de las impresoras, la presencia y la tangibilidad del documento escrito. Sin embargo, había una fuerte paradoja en este punto por varios motivos. El primero era que, gústenos o no, los libros y otros impresos son las evidencias más cuantiosas y tangibles que tenemos para estudiar la historia del libro, de modo tal que la perspectiva material, la mirada bibliológica, los indicios visuales y tipográficos y las huellas editoriales no debían ser soslayados. Ahí surgía una primera evidencia de los problemas de las fuentes y los métodos con los que se ha abordado una parte sustancial de la presencia femenina en la historia del libro, problemas especialmente críticos para ciertos periodos históricos como la época colonial. La evidencia abrumadora: numerosos libros con pies de imprenta femeninos eran obliterados y pasados por alto. ¿Por qué? Quizá porque el tipo de historia del libro que nos hemos acostumbrado a hacer se basa casi exclusivamente en la documentación de archivo. En esa medida, la lección que podemos aprender del olvido selectivo de ciertas evidencias es no caer en la peligrosa tentación de creer que un enfoque en la historia del libro tiene prevalencia o capacidad de tutelaje sobre otro. En una palabra, si existe alguna ventaja en hacer historia del libro y de la bibliografía en el siglo XXI, respecto de los siglos previos o la primera mitad larga del siglo XX, es que ya no cabe duda de la naturaleza y horizontalidad en las competencias de las disciplinas concurrentes.

A pesar de que desde mis primeras indagaciones en esta materia han pasado más de dos décadas, considero que siguen siendo vigentes y necesarias las dos labores primarias en las que centré mis primeros esfuerzos: visibilizar a las mujeres del mundo el libro y describir su producción. Sin embargo, actualmente nos enfrentamos también a otros retos y cuestiones sobre los que vale la pena reflexionar de cara a trazar una nueva ruta crítica que oriente a los futuros estudios con perspectivas renovadas y que vayan más allá de los esfuerzos de investigación individuales en los que hasta ahora se han sustentado la mayoría de los trabajos.

1 En junio de 2021, convoqué a una serie de investigadoras a participar en el programa del décimo año académico del Seminario Interdisciplinario de Bibliología del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Nacional Autónoma de México. La idea era presentar investigaciones originales en torno al papel de las mujeres en el mundo del libro y la edición, discutir los ensayos y preparar un libro colectivo. Las nueve sesiones de trabajo se llevaron a cabo entre febrero y noviembre de 2022. No todos los proyectos que hicieron parte en ese momento fueron finalmente comprendidos en esta edición, y en cambio hemos sumado otros ensayos que no fueron presentados entonces. El programa del Seminario de 2022 se puede consultar en la siguiente página: https://sib.iib.unam.mx/index.php/sesiones-y-encuentros-sib

2 Era «blanca, pequeña de cuerpo, ojos pardos y pelo negro», tenía 33 años en 1723, cuando se embarcó hacia la Nueva España junto al hombre con quien se había casado 10 años antes. Venía con su hermana Rosalía María Francisca y sus dos hijos: Manuela Josefa, de 7 años, y Manuel José Sebastián, de 10. Rosa había nacido en Sevilla el 29 de agosto de 1690, y era hija de Miguel de Poveda y de Teresa del Castillo y Zapata. Fue madre de seis hijos, los dos con los que vino a México, y los que se sumarían después: José Antonio, Bernardina María Ana, Pedro León y María Juliana, todos vivos a la muerte del esposo. Rosa estuvo al frente entre 1741 y 1755, murió de 75 años, y tras varios años en que la imprenta figuró en manos de sus herederos, pasó a las de José Antonio. Expediente de información y licencia de pasajero a Indias de Teresa de Poveda, AGI, Contratación 5472, N2R5. Más información en Marina Garove Gravier, «Vidas y afanes de las dos impresoras novohispanas del siglo XVIII: Rosa teresa de Poveda (1690-1755) y Manuela de la Ascención Cerezo (✝1758)», en Las Mujeres y las Artes: mecenas, artistas, emprendedoras y coleccionistas, editado por Beatriz Blasco Esquivas, Jonatan Jair López Muñoz y Sergio Ramiro Ramírez (Madrid: Abada Editores, 2020), 471-492.

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