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Historiar los pueblos indígenas en Costa Rica: una invitación

Alejandra Boza Villarreal*

Investigar la historia de los pueblos indígenas es una elección muy inusual en Costa Rica. Podría esto parecer extraño a académicos y académicas que conocen mejor otras regiones de América Latina, donde el tema indígena ha sido un área fecunda y de largo aliento para las pesquisas sobre el pasado. Tal interés está presente incluso en países como Argentina que, al igual que Costa Rica, crearon en el siglo XIX un discurso nacionalista basado en la supuesta blancura de su población. Dicha peculiaridad de la historiografía costarricense tiene orígenes múltiples y consecuencias problemáticas, pero también ofrece oportunidades para quienes buscan temas de investigación que transformen de raíz nuestra comprensión sobre el mundo en que vivimos.

Es cierto que los placeres de la indagación histórica pueden encontrarse al trabajar cualquier campo, incluso aquellos que podrían parecer tan trillados como la guerra civil de 1948 o la economía agroexportadora del período liberal. Bien sabemos que los cambios de perspectiva, la documentación nunca antes utilizada o las metodologías novedosas aseguran que el conocimiento esté en un proceso inacabable de profundización y mejora. Sin embargo, en la historiografía sobre Costa Rica hay pocos terrenos que se presten para hallazgos más inesperados y esclarecedores que el estudio de los pueblos indígenas.

Tal ventaja ha escapado a buena cantidad de docentes y estudiantes de las universidades costarricenses, que suelen ser renuentes a proponer temas de investigación sobre el pasado de los pueblos indígenas. Quizás esa actitud provenga del nulo papel que la narrativa histórica convencional atribuye, erróneamente, a estos pueblos. Marcada por el prejuicio y ayuna de evidencia, dicha narrativa presume que aquellos se han encontrado aislados del mundo y congelados en el tiempo y, por lo tanto, carecen de historia o, por lo menos, de historias que ofrezcan suficiente interés como para pasar la prueba de fuego de una defensa de tesis o una revisión de pares.

Luego de más de dos décadas de investigar en este campo, doy fe de que los temas abundan y pueden producir artículos y tesis muy bien recibidos en el medio académico. Las comunidades y figuras indígenas que he estudiado, en el siglo XIX y la primera mitad del XX, participaban en elecciones y partidos políticos nacionales, en círculos intelectuales de élite, en disputas limítrofes y en la consolidación de la institucionalidad estatal. No encontramos aquí trazas del supuesto aislamiento que el prejuicio ha prescrito, sino incidencia en procesos que han estado en el centro de la agenda de investigación histórica por generaciones. Adicionalmente, rastrear las conexiones de comunidades y figuras indígenas con mercados globales y organizaciones internacionales abre las puertas a algunas de las perspectivas más innovadoras en la historiografía, tales como la historia conectada, la trasnacional o la global.

No está de más explicitar aquí lo obvio: no he estado sola en los esfuerzos por comprender los pueblos indígenas del pasado en Costa Rica. Me honra haberme sumado a un grupo de estudiosos y estudiosas que, aunque pequeño, ha hecho aportes variados y sólidos. Solo puedo esperar que pronto se engrosen nuestras filas.

Tal vez sea necesario, para estimular el interés, darle una estocada final a otra corazonada enraizada en la narrativa convencional ya mencionada: que la materia prima para una investigación de ese tipo seguramente será escasa y difícil de encontrar. En historia, la materia prima la constituyen las fuentes primarias, es decir, los documentos y objetos creados en el pasado cuyo análisis (en el presente) nos permite conocer algo de sociedades y personas que ya no existen. Como tantas de las intuiciones que se basan en narrativas convencionales, la anterior está equivocada. Las fuentes primarias relacionadas con el devenir de los pueblos indígenas son tan abundantes que me limitaré a hacer una enumeración somera y sin duda parcial de lo que existe para la época republicana, es decir, a partir de la década de 1820. Las instancias del Estado costarricense crearon documentación escrita y, a veces, fotográfica, cartográfica o multimedia, que puede encontrarse en el Archivo Nacional o en diversos archivos institucionales. Los periódicos y revistas ofrecen artículos sobre el tema con más frecuencia de lo que esperaríamos (y su búsqueda es cada vez más fácil, conforme la digitalización avanza gracias en particular a los esfuerzos del Sistema Nacional de Bibliotecas). Los objetos y escritos resguardados en diferentes colecciones del Museo Nacional deben agregarse a esta lista, junto con las ricas colecciones del Archivo Arquidiocesano Bernardo Augusto Thiel de la Arquidiócesis de San José. Reportes etnológicos, obras literarias y tradiciones orales pueden encontrarse en publicaciones, en colecciones inéditas de diversos archivos o recurriendo al trabajo de campo.

Muchas fuentes primarias se resguardan allende nuestras fronteras. En Nicaragua y Panamá sin duda hay documentos (aunque estos pueden ser más difíciles de encontrar que en otros casos), e incluso los hay en los archivos de Colombia, nación que fue nuestra vecina hasta 1903 (cuando Panamá se independizó). En Estados Unidos, los National Archives, la Library of Congress y la Smithsonian Institution tienen pingües filones, lo mismo que colecciones de la Foreign Office en Gran Bretaña, el Ibero-Amerikanisches Institut o el Museum Fünf Kontinente en Alemania, los repositorios del Vaticano, los archivos y publicaciones de múltiples grupos religiosos (órdenes católicas, organizaciones protestantes, grupos menonitas o bahai y otros) y el archivo del Comintern en Rusia. Esta lista sin duda es incompleta, pero da una idea de la plétora de información que existe. La época colonial también ofrece una gran riqueza documental, aunque no tengamos espacio para detallarla aquí.

¿Por qué, entonces, abocarse a estudiar la historia de los pueblos indígenas en Costa Rica? Una parte de la respuesta es que los temas son importantes y se abren a perspectivas novedosas, a la vez que las fuentes primarias son abundantes. La parte de la respuesta que a mí me emociona particularmente es que en este campo, todavía casi sin roturar, con frecuencia rescatamos del olvido actores sociales y procesos sobre los que no se había escrito antes. Estamos, por lo tanto, ante una aventura intelectual en el sentido más estricto de la expresión.

* Destacada historiadora costarricense. Con una maestría por la Universidad de Costa Rica, es doctora por la University of Pittsburgh (EE.UU.) e investigadora y profesora catedrática de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica. Autora de múltiples artículos académicos, su libro La frontera indígena de la Gran Talamanca, 1840-1930 (EDUPUC, 2014) le valió el Premio Áncora 2013-2014.

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